Se acercan las elecciones generales del 29 de noviembre y, como suele ocurrir cada vez que nos toca acudir a las urnas, la política vuelve a instalarse en nuestras conversaciones, y por extensión, en nuestras redes sociales y en nuestras relaciones personales. Los partidos intensifican sus campañas, los candidatos multiplican sus mensajes y los ciudadanos volvemos a posicionarnos, a debatir y, en ocasiones, a descubrir que no todo el mundo piensa como imaginábamos.
Antes de entrar en el terreno de las amistades y las redes sociales, quizá convendría plantearnos una pregunta bastante sencilla: ¿hablamos realmente de política con nuestro entorno? ¿Nos gusta debatir sobre ella con familiares, amigos y compañeros de trabajo o, por el contrario, preferimos evitar el asunto para conservar ese pequeño remanso de paz que tanto cuesta mantener en determinados momentos? O quizá es el propio algoritmo el que nos permite acceder a todo…
Hay quien considera que la política debería formar parte de las conversaciones cotidianas. Al fin y al cabo, las decisiones políticas afectan a nuestra vida, a nuestros derechos, a nuestra economía y al modelo de sociedad en el que queremos vivir. Hablar de política puede ser una oportunidad para conocer otros puntos de vista, cuestionar nuestras propias convicciones y aprender a argumentar sin necesidad de imponer nuestras ideas.
Sin embargo, también sabemos cómo terminan algunas de esas conversaciones. Lo que empieza siendo un comentario sobre una noticia puede convertirse rápidamente en una discusión sobre partidos, líderes, ideologías y responsabilidades. Y, cuando las posiciones están demasiado alejadas, la conversación deja de ser un intercambio de argumentos para convertirse en una competición por demostrar quién tiene razón.
Quizá por eso muchas personas han terminado adoptando una estrategia bastante práctica: hay temas que es mejor no tocar. No porque no tengan opinión, ni porque carezcan de interés por lo que sucede a su alrededor, sino porque consideran que determinadas discusiones no compensan el desgaste personal que generan.
Y es que no deja de ser curioso que algo tan necesario para una sociedad democrática como el intercambio de ideas se haya convertido, en determinados ambientes, en un auténtico campo de minas. Parece que ya no basta con expresar una opinión: también hay que calcular quién nos escucha, cómo puede interpretarla y qué consecuencias puede tener para la relación.
Pero la conversación presencial es solo una parte del problema. El verdadero escaparate de nuestras afinidades políticas está, cada vez más, en las redes sociales.
La limpieza de perfiles: una cuestión de salud mental
Llegados a este punto, seguramente más de uno habrá hecho alguna pequeña operación de limpieza digital. Y no necesariamente por una discusión directa con alguien, ni porque un amigo haya publicado un comentario que nos haya molestado especialmente.
A veces basta con entrar en la cuenta de un partido político, de un periodista o de algún comunicador cuya tendencia ideológica resulta especialmente evidente y, en ocasiones, bastante extremista. Empezamos a revisar sus seguidores, sus interacciones o las personas que aparecen entre quienes respaldan sus publicaciones y, de repente, encontramos nombres conocidos.
Ahí está aquel antiguo compañero de trabajo, esa persona con la que compartimos tantas conversaciones, un conocido al que teníamos cierta estima o alguien con quien mantenemos una relación aparentemente cordial. Y entonces surge la pregunta: ¿de verdad comparte esa persona todo lo que representa esa cuenta? ¿Conoce el contenido que publica? ¿Está de acuerdo con sus planteamientos o simplemente la sigue por curiosidad, por información o por cualquier otra razón?
No siempre lo sabemos. Pero, en ocasiones, la simple asociación ya nos genera cierta incomodidad. Y es entonces cuando algunos deciden dejar de seguir a determinadas personas. Sin explicaciones, sin comunicados oficiales y sin necesidad de convocar una reunión extraordinaria para justificar la decisión. Un clic y asunto resuelto. Podríamos llamarlo limpieza de perfiles, higiene digital o, si queremos darle un enfoque algo más amable, una pequeña medida de protección de nuestra salud mental.
Porque también tenemos derecho a decidir qué contenidos queremos consumir, qué mensajes deseamos recibir y cuánto espacio queremos conceder a determinadas voces en nuestro día a día. No estamos obligados a exponernos permanentemente a discursos que nos irritan, nos indignan o nos generan un malestar innecesario. Ahora bien, hay una diferencia importante entre dejar de seguir una cuenta porque no queremos consumir sus contenidos y dejar de seguir a una persona exclusivamente porque hemos descubierto que piensa diferente.
La primera decisión tiene que ver con nuestros hábitos digitales. La segunda puede esconder algo más: la dificultad para aceptar que alguien de nuestro entorno tenga unas convicciones que no coinciden con las nuestras.
Y aquí es donde empieza a complicarse el asunto.
Los partidos políticos conocen perfectamente nuestras divisiones
Porque, mientras nosotros revisamos seguidores, dejamos de seguir perfiles y discutimos sobre quién tiene razón, los partidos políticos conocen perfectamente el funcionamiento de estas dinámicas.
La polarización no es algo que pase inadvertido para quienes diseñan las estrategias de comunicación política. La confrontación genera atención, las declaraciones provocadoras multiplican las interacciones y los mensajes que apelan a las emociones suelen conseguir una repercusión considerable.
En un entorno digital donde la visibilidad es fundamental, la indignación puede convertirse en una herramienta extraordinariamente eficaz. Un mensaje que busca enfrentar a unos ciudadanos con otros puede alcanzar una difusión mucho mayor que una explicación pausada de un programa electoral. Y, mientras tanto, nosotros entramos en el juego: compartimos, comentamos, discutimos, bloqueamos y clasificamos a quienes tenemos alrededor. Quizá deberíamos preguntarnos hasta qué punto somos conscientes de que, en ocasiones, estamos reproduciendo exactamente la dinámica que más beneficia a quienes viven de alimentar la confrontación política.
Los partidos buscan votantes, seguidores y adhesiones. Pero también necesitan que sus mensajes circulen, que sus adversarios sean cuestionados y que sus simpatizantes mantengan una identificación emocional con sus propuestas. En ese contexto, convertir cada diferencia de opinión en una frontera entre buenos y malos resulta especialmente rentable.
Por eso merece la pena detenerse en una idea que parece bastante razonable: no dejes de seguir a alguien simplemente por sus ideas.
No significa que tengamos que estar de acuerdo con todo el mundo, ni que debamos aplaudir cualquier opinión. Significa, sencillamente, que una persona es mucho más que su voto, su ideología o la cuenta de un partido que aparece entre sus seguidores.
«Te he dejado de seguir porque tu comentario político me chirría»
Y después están las situaciones que probablemente nos resulten más familiares: esas pequeñas rupturas digitales que se producen después de una publicación, un comentario o una opinión política que no encaja con nuestras convicciones. «Te he dejado de seguir porque acabas de hacer un comentario político que me chirría».
La frase puede parecer exagerada, pero resume bastante bien una realidad cada vez más frecuente. Ya no siempre necesitamos una discusión, un desencuentro personal o una decepción importante para tomar distancia de alguien. A veces basta con leer una frase que nos desagrada, interpretar una publicación o descubrir que una persona defiende una postura que consideramos inaceptable. Y aquí conviene introducir algunos matices.
No todas las opiniones son inocuas, ni todas las diferencias políticas tienen la misma importancia. Hay posicionamientos que afectan directamente a derechos, libertades y principios fundamentales. Es perfectamente legítimo que determinadas manifestaciones nos hagan replantearnos una relación. La tolerancia no significa aceptar cualquier comportamiento, justificar cualquier discurso o renunciar a nuestros propios valores.
Pero tampoco deberíamos confundir el desacuerdo con la descalificación personal. Podemos cuestionar una opinión sin despreciar a quien la expresa. Podemos discutir una propuesta política sin convertir a su defensor en nuestro enemigo. Y podemos decidir que no queremos hablar de determinados asuntos con alguien sin necesidad de eliminar de nuestra vida todo lo que hemos compartido con esa persona.
Quizá, antes de pulsar el botón de dejar de seguir, convendría preguntarnos qué nos ha molestado realmente. ¿Es una opinión que contradice nuestros principios? ¿Es la forma de expresarla? ¿Es una actitud reiterada? ¿O simplemente nos incomoda comprobar que alguien a quien apreciamos no piensa como nosotros?
También existe una alternativa que parece estar bastante olvidada: dejar pasar.
No todos los comentarios requieren una respuesta, no todas las publicaciones merecen una discusión y no todas las diferencias tienen que convertirse en un problema personal. A veces, la mejor manera de cuidar nuestra tranquilidad es no entrar en determinadas conversaciones. Otras veces, puede ser suficiente con silenciar una cuenta, cambiar de tema o aceptar que no vamos a convencer a todo el mundo. Y, sobre todo, recordar que nuestras relaciones personales no tienen por qué convertirse en una prolongación de nuestras preferencias electorales.
Elegir a nuestros representantes no debería obligarnos a elegir nuestras amistades
Al final, las elecciones sirven para decidir quién queremos que nos represente y qué modelo de sociedad deseamos construir. Pero no deberían convertirse en una especie de examen permanente para las personas que nos rodean.
Podemos tener diferencias políticas con nuestros amigos, familiares o compañeros y seguir compartiendo experiencias, conversaciones y momentos que nada tienen que ver con las urnas. Podemos discrepar profundamente y, aun así, mantener el respeto y el afecto.
Eso sí, también tenemos derecho a poner límites, a seleccionar los contenidos que consumimos y a alejarnos de aquellas personas cuyas actitudes nos hacen sentir incómodos. La cuestión no está en mantener todas las relaciones a cualquier precio, sino en saber distinguir cuándo existe una razón de peso para tomar distancia y cuándo estamos reaccionando simplemente porque alguien no piensa como nosotros.
Quizá la verdadera madurez democrática no consista en rodearnos de personas que comparten nuestras ideas, sino en desarrollar la capacidad de convivir con quienes tienen otras distintas sin sentir que nuestra identidad o nuestras convicciones están permanentemente amenazadas.
Porque, si cada elección nos lleva a revisar nuestra lista de contactos, a examinar los seguidores de los partidos y a reconsiderar nuestras amistades en función de sus preferencias políticas, quizá el problema no esté únicamente en la polarización de quienes nos representan, sino también en nuestra propia dificultad para convivir con el desacuerdo.
Y, puestos a hacer limpieza, quizá sería mucho más saludable empezar por nuestras propias certezas, por esa necesidad de tener siempre razón y por la costumbre de convertir cualquier diferencia en una batalla que alguien tiene que ganar.
El 29 de noviembre podremos elegir un Gobierno, pero no estaría de más recordar que la democracia también consiste en aceptar que quienes se sientan a nuestra mesa, comparten nuestras vacaciones o forman parte de nuestra vida pueden introducir una papeleta diferente en la urna. Y eso, por sí solo, no debería convertirlos en desconocidos.
